Cuentan los Guaraníes que una anciana se internó en los juncales buscando hierbas curativas, pero nunca regresó. Dicen que los dioses la transformaron en pez para que siguiera sanando desde el agua. Así nació la Tararira (Hoplias malabaricus), de cuerpo alargado, cabeza ancha y mandíbulas temibles.

De hábitos solitarios y emboscadores, esta señora del río se esconde entre raíces para atacar presas vivas. Respira aire gracias a una vejiga modificada, lo que le permite sobrevivir en aguas pobres en oxígeno.
Se alimenta de peces, ranas y hasta insectos grandes.

Su carne es sabrosa, aunque llena de espinas. En medicina popular, se usa su aceite para aliviar reuma y dolores articulares. La encontramos en lagunas, arroyos y canales del Delta, asociada a camalotes y juncales.

Su mayor enemigo es el humano, que la pesca sin tregua. Comparte hábitat con bagres, mojarras y aves pescadoras.

La próxima vez que sientas que algo te observa desde las sombras del agua… quizás sea ella, la Vieja hechicera del Agua. Fotos: Alexcao, A. Lima.

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