Los momentos de pesca de dorados vividos en el rio Paraná Pavón, aguas abajo de la desembocadura del Gualeguay, fueron por demás singulares, intensos y apasionantes. Creo que toda jornada de pesca, donde tenemos muchos piques y buenas capturas son intensas, y para el aficionado de alma, apasionantes. Pero, en este caso, le asigno la calificación de singular por la tácticas empleadas para ubicar y tentar con nuestras moscas y señuelos, a los hermosos ejemplares capturados y otros tantos que ganaron la batalla, quedando solo registrados en nuestra retina.

A doscientos km. del lugar, sentado frente al teclado, dejaré fluir  imágenes de mi memoria tal como si las estuviera viviendo. Con un dia calmo, el rio desaguando fuerte después de una intensa lluvia y posterior sudestada, derivamos por la costa este del gran rio, tratando de ver indicios de dorados cazando. Hicimos decenas de lances en lugares “teóricamente” perfectos, (agua calma, protegida de vientos y repleta de forrajeros de todo tipo), sin tener ninguna respuesta. Utilizamos todo nuestro arsenal de señuelos y cucharas, cubriendo una extensa zona costera. Transcurridas un par de horas sin saber porque no había dorados, nos resistíamos al fracaso. El incesante movimiento de grandes sábalos y la abundancia de mojarras en aguas someras, presentaban el marco ideal para que en algún lugar aparecieran los depredadores. La mesa estaba servida, solo faltaban los voraces comensales. La  experiencia y el instinto nos indicaban que debíamos “registrar” minuciosamente los bajos, por lo que decidimos atracar en la costa, vadear y hacer los lances caminando.

Esta operación debía hacerse con riguroso cuidado, ya que cualquier maniobra que alterara el medio, terminaría con la esperanza de engañar a nuestras  posibles capturas. Interpretar debidamente las “señales” que el rio nos estaba dando, tuvo premio en la cuchara de Pablo… Con un potentísimo ataque que curvo  su caña y sacudió sus brazos. Diez libras de dorado corriendo en 30 cm de agua cristalina hacia el veril. No era el único pirayú que asistía al banquete. Arrojé mi cuchara a metros del  que hasta ese momento “mandaba” con mi amigo, y  exploto el agua tensando mi multifilamento. Ambos dorados fueron capturados, fotografiados y por supuesto, devueltos a su medio. Esperando que viniera otro pique, arrojamos prontamente hacia la zona de acción. Para nuestra sorpresa, la inactividad reino por más de treinta minutos. Nada. Desaparecieron. Un poco desconcertados, hicimos una pausa para comer algo liviano, sobre el césped de la misma orilla en que atacaron los dorados.

Sin darnos tiempo a ello, una gran estela de agua se dirigía raudamente hacia la costa, dejando a su paso decenas de mojarras por el aire. Sándwiches al suelo, cañas en  mano y certero lance un metro delante del flechazo,(que para entonces eran varios).Inmediatamente teníamos un dorado cada uno prendido !Esto era lo único que nos faltaba averiguar para cerrar una pesca soberbia: Había que pescar a pez visto, esperando que  decidieran  emboscar a los desprevenidos forrajeros en la costa. Así fue como a intervalos más o menos regulares, los dorados salían despedidos del veril como misiles y arremetían en la costa contra todo lo que se moviera, incluidas nuestras cucharas. Fue tal el dominio de esta técnica que pude darme el lujo de descansar acostado en la orilla,(el vadeo y el calor se hicieron sentir),  empuñando la caña y mirando el cielo ,escuchar la explosión producida en la cacería ,para ponerme de pie y tirar con pique seguro.

Probamos con cucharas ondulantes de entre 15 y 25 grs., señuelos de superficie y media agua, incluso con caña 6 y moscas secas. Todos con buenos resultados.

Sin dudas una tarde de pesca para recordar, con muchos  piques, más de la mitad de capturas, portes de entre 3 y 5 kg. y por sobre todo, una técnica de pesca por demás atractiva y dinámica, poniendo a prueba nuestra precisión en los lanzamientos e interpretación de las costumbres de la especie.

Para el éxito son  fundamentales dos condiciones: Que la altura del rio sea la adecuada, preferentemente alto, (altura en hidrómetro de Ibicuy entre1.20 y 1.40, lo que lo saca del cauce normal produciendo desbordes, y que la intensidad del viento, preferentemente Norte o Este, no supere los 15 km/h. para que el movimiento del agua no impida ver a los peces cazar en superficie.

Roberto Ayala para El Boletín del Pescador